LA BOTELLA EN EL MAR
Sergio Ramírez

El recuerdo de mis primeros instrumentos de escritura me parece una prueba excesiva de antigüedad cuando a través de la pantalla me asomo al universo infinito de la red en la que reboto saltando de un siglo a otro siglo. Las crayolas multicolores en su estuche de latón que yo envidiaba a mi compañero de banco en el Kindergarten de las monjas salesianas en Masatepe son la primera prueba terrorífica de esa antigüedad. Hace tan poco que éramos jóvenes. Y los lápices de grafito, de borrador de goma en el cabo, tajados a mano con el cortaplumas de modo que la ceba asomaba a duras penas por la punta, llenos de mordiscos que eran las marcas de la angustia cuando uno debía enfrentarse a las altas potestades escolares.

Y el empatador de jaspes al que había que adosar la plumilla que era necesario quemar a la llama de un cerillo antes de introducirla por primera vez en el tintero de espesa tinta negro profundo, o azul marino, y que tanto manchaba los dedos, toda la mano, los puños de la camisa, antes de poder recurrir al secante propaganda de jarabes medicinales. Y las plumas fuentes de cachucha de rosca alimentadas en la boca del tintero, artefactos tan de lujo que sólo aparecían en los cumpleaños y en las Navidades, y los bolígrafos novedosos que derramaban su tinta y manchaban igual que los viejos empatadores jaspeados como confites.

La modernidad no es más que la nostalgia por los instrumentos perdidos, la emoción ante la imagen de lo que fue mientras el tiempo marca a zancadas sus distancias. Escribir en el cuadernillo de ejercicios de caligrafía siguiendo las líneas punteadas que te enseñaban a imitar la letra Spencer y la letra Palmer, trazos elegantes e inclinados que tan sólo servían después para llenar los pliegos del castigo que obligaba a repetir cientos de veces no vuelvo a hablar en clases,  hasta entumir la mano.

La escritura como penitencia mucho antes de la escritura como gozo. Y más penitencias de la adolescencia. Las lecciones de mecanografía en el sopor de las dos de la tarde, sentado en el corredor frente a un patio soleado donde buscaban gusanos las gallinas y un mono se agitaba dentro de su jaula queriendo huir de su propia cadena, sobre la mesa la vieja máquina Remington de alta alzada y teclas redondas que olía a aceite, a un lado, bajo una piedra para que no volara las hojas el viento, el método medio descuadernado, empastado en verde,  adónde vas zagal cruel, adónde vas con ese sonido, mientras el carrete de cinta mil veces usado iba imprimiendo las letras filosas, mitad en negro mitad  en rojo, y a veces sólo el duro relieve en blanco, nunca haber pasado más allá de la lección de la niña del carbonero y nunca haber aprendido a usar todos los dedos para quedarme con los dos índices con que sigo escribiendo a picotazos sin dejar de mirar el teclado.

Y a dos dedos tecleando para marcar las letras sobre el papel de seda de los esténciles cuando escribía las crónicas de los periódicos de la escuela secundaria, dibujando con estilete los titulares en el molde de las reglas Gestetner. Y el encuentro con los tipos sueltos de las cajas de chibaletes en las tipografías provincianas de León donde imprimí mi primera revista, aprendiendo el arte de leer al revés los moldes de las planas para comprobar si el cajista había incorporado las correcciones hechas en la galerada impresa en papel húmedo con el rodillo entintado. Las galeradas. Largas tiras de papel periódico en las que escribí mis primeros cuentos para así no desperdiciar el tiempo en meter en el carro de la máquina los folios de tamaño normal, porque la escritura  comenzaba a ser un gozo pero antes de eso era ansiedad, urgencia, escribir y publicar sin corregir como quien saca las piezas de pan a medio dorarse del horno encendido al rojo vivo.

De las máquinas de escribir que traqueteaban como animales cansados en la incómoda soledad de la escuela de mecanografía, y que no escondían sus entrañas, a las pudorosas Underwood compactas que no dejaban ver sus tripas y sonaban con menos escándalo pero siempre hacían sonar la campanilla que advertía la llegada al final de cada línea para devolver el carro, ya atemperada la fiebre o la furia de teclear sin pausas para escribir de una sentada la obra maestra, y entonces entrar en la manía de la página perfecta sin equivocaciones digitales ni tachaduras ni borrones ni raspaduras, siempre la hoja inmaculada mientras el canasto iba llenándose de papeles arrugados, cada hoja nueva, además, calzada por detrás con otra para la copia, en medio el pliego de papel carbón.

Y de las máquinas compactas de escritorio a las poderosas máquinas eléctricas que asombraban por su silencioso sedoso, tan atrevidas luego como para sustituir el teclado de peine por esferas giratorias inscritas con todas las letras del alfabeto, cada esfera con una fuente diferente, y siempre las portátiles de peso leve que podían llevarse colgadas de la manigueta del estuche, así la Olympia modelo Monica que acompañó mis años de Berlín en los setenta, y que dejé en manos de Antonio Skarmeta cuando volví a Nicaragua. Máquinas todas ellas que forzaron a alteraciones de la ortografía que aún perviven, porque no traían sino los cierres de los signos de admiración y de interrogación, y así se escribieron no pocas de las obras maestras de la literatura latinoamericana.

Objetos arcaicos que un día fueron modernos, y que sorprendieron por su novedad, por el progreso tecnológico que representaban. Y las palabras que designaron a esos objetos, más que para un diccionario, sirven hoy para un museo de las palabras. Empatador, plumilla, tintero, pluma fuente. Máquina de escribir mecánica, máquina de escribir eléctrica, máquina de escribir portátil. Cinta de seda para máquina, papel carbón, papel de copia. Esténcil, mimeógrafo. Chibalete, tipografía, galerada.  

He buscado en mi memoria una lista semejante, porque se trata de las piezas de un museo inundado por las aguas del olvido y que ahora navegaban rumbo a lo desconocido, como tras una crecida que arrastra lo que un día fue útil. Son objetos que pronto nadie recordará del todo, junto con las palabras que los nombraron, y su desaparición me llena de desasosiego, porque si hay algo cierto en todo esto es que el tiempo pasa más de prisa que antes, que los objetos de la tecnología que tienen que ver con la palabra, que es mi propio instrumento de trabajo, se multiplican más aceleradamente, y hunden incesantemente a otros bajo su peso.

Pero desde antes supimos que las palabras siempre han tenido que ver con sus instrumentos de expresión, y con sus instrumentos intermediarios. Las crónicas de finales del siglo diecinueve y comienzos del siglo veinte, por ejemplo, escritas por la pléyade de escritores modernistas que al mismo tiempo que poetas eran prosistas de primera, y por tanto excelentes periodistas, Darío, Lugones, Nervo, Vargas Vila, Gómez Carrillo, eran extensas, de ocho a diez folios. Imagino esos pliegos de letra apretada que abultaban los sobres y que viajaban por correo marítimo desde las capitales europeas hacia México, Bogotá, Buenos Aires, relatos de pulso reposado, hijos de la mano impaciente y no de ningún tecleo, crónicas que no perdieron nunca su naturaleza literaria y que, gracias a su majestad, al ser publicadas arrancaban en la primera página de los diarios, y cuando pasaban a componer un libro se sostenían con la fuerza y la armonía que les daba, precisamente, su naturaleza literaria. Es decir, gracias a la calidad del lenguaje podían sobrevivir a la diaria hecatombe del diario que envejece y muere al día siguiente.

Pero al mismo tiempo estaban los despachos por telégrafo que iban a través del cable submarino, la formidable invención transformadora de las comunicaciones en los albores de la era radioeléctrica, el cable que hoy ha recuperado su vigencia y poderío en los albores de la era cibernética. Los textos de los despachos por cable, escritos por las mismas manos de la prosa modernista, debían atenerse a la brevedad, y dominaban en ellos los párrafos cortos separados por puntos, lejos de las largas tiradas elípticas y floridas que heredamos de los cronistas y escribanos coloniales. La mano sigue escribiéndolos, pero el instrumento que los transmite impone la brevedad, y la celeridad. No pierden su calidad literaria, sino que cambia la naturaleza de la calidad literaria. Advertimos en esa prosa el pespunteo nervioso que impone el telégrafo, ecos de la clave Morse de puntos y rayas que dejan patente la velocidad y el nerviosismo de la modernidad que entonces multiplica sus instrumentos, el telégrafo y el cable, y los trenes, el automóvil, los barcos de vapor, las rotativas, la linotipia, la fotografía alumbrada con el magnesio, la placa para imprimirla. El neón y la electricidad. Lo feérico, como gustaban decir los modernistas.

Pero la postmodernidad y sus instrumentos de escritura, y de transmisión y difusión de la escritura a través de la red cibernética, están creando también un estilo que desborda el territorio de los escritores en singular, para introducir en el lenguaje corrientes capaces de alterar la prosa y todo su tinglado de sintaxis, prosodia y ortografía. Nunca tantos millones escribieron al mismo tiempo, ni se escribieron unos a otros al mismo tiempo.  Y esa multitud de manos que teclean desde todos los rincones multiplican los neologismos, las abreviaturas, las expresiones crípticas, las trasposiciones de uno a otro idioma, toda una parafernalia que llena de asombro y desconfianza a quienes se asoman a ese abismo alucinante desde la seriedad académica, sin advertir que allí bulle la espesa sustancia de un nuevo lodo primigenio del lenguaje, creado sobre todo por adolescentes.

Hace décadas dejé de escribir a mano. Cuando lo hago, si mantengo el pulso, puedo recuperar los trazos de la letra Palmer de mi infancia, pero se trata de un ejercicio que se agota en la impaciencia, y muy pronto me desbarranco en un apretujamiento de equivocaciones que sólo me demuestra el sarro de mis dedos. Me ganó para siempre la máquina. Y por primera vez frente el resplandor verde de las viejas pantallas catódicas de las computadoras a comienzo de los años ochenta, me consolé sabiendo que tenía bajo mis dedos el mismo teclado de las aburridas tardes de la escuela donde debí aprender la mecanografía que desprecié para quedarme escribiendo a dos dedos, con lo que el paso hacia la postmodernidad me tendió un puente conocido.

El terco teclado que se resistía a desaparecer y también comienza a ser ya una proyección virtual. La tecla, el molde, la letra con sustancia real que marcaba a cada golpe sobre la cinta entintada y dejaba su huella en el papel. En la pantalla, en cambio, tengo frente a mí lo que no existe, porque la escritura se vuelve una estremecedora expresión ilusoria, y al final de cada jornada, cuando apago la computadora, todo lo que he escrito regresa a la nada, y todo, lenguaje, escritura, se vuelve un asunto de ansiedad filosófica ante lo precario. Grafito, estilete, tinta, metal, fueron una vez instrumentos concretos para producir palabras concretas que se podían tocar, borrar, tachar, trastocar, mientras hoy todo no es más que una quimera. On, off, apagar, encender. He allí el dilema.

La obsesión con la materia se vuelve recurrente, como si pudiera asomarme a través de la frontera de dos siglos para reconocer el viejo inventario de mis instrumentos, y las manías y fijaciones con que me marcaron. Cuando escribo un libro, puedo corregir muchas veces en la pantalla, avanzar de uno a otro borrador, pero siempre sé que mi verdadero encuentro con las palabras escritas sólo estará en el papel, y que la única corrección verdadera será la que haga lápiz en mano sobre las páginas impresas, un haz de afilados lápices que vienen a ser mis instrumentos de la verdad. Una verdad con filo, sobre la tersura material del papel que se deja rasgar por el lápiz.

¿Pero qué es hoy en día lo real y qué es lo figurado? ¿Cuál es el alcance verdadero de la palabra virtual? Fuera del lápiz, mi último recurso concreto en el proceso creador, los viejos instrumentos de mi museo tienen cada vez menos que ver con mi vida, con lo que hago y con lo que digo, y con lo que escribo. El gran instrumento real, de imperio tan reciente, es el hardware. Hardware, software. He aquí un nuevo tipo de intermediación que nos traspone desde el mundo real al mundo virtual, y donde el hardware es un simple agente para componer la sustancia virtual de la que todos participamos, hilos del infinito tejido de una red cada vez más densa, sutil e inasible.  Inconsútil.

Botellas con un mensaje navegando en el espacio cibernético en el que todos somos de alguna manera náufragos esperando ser escuchados, cada quien en su propia isla desierta, frente a su propia pantalla, pulsando las teclas que componen el mensaje que alguien leerá. Segregando hilos como arañas, los hilos de una escritura compartida.

Y es aquí adonde quería llegar. Las anotaciones diarias de mi bitácora, que lanzo todos los días dentro de la botella, son una escritura compartida, una experiencia que no se parece a ninguna otra de mi vida de escritor.  En este nuevo espacio que creo cada vez bajo mis dedos, las viejas teclas haciendo su oficio de siempre, la palabra sin consecuencias deja de existir, y entra en un nuevo espacio dialéctico donde toda frase gana la posibilidad de tener una respuesta y cada afirmación puede ser de inmediato desafiada,  y por tanto, la palabra viene a situarse en ese territorio dichosamente precario en el que quien escribe puede ser corregido en sus juicios, puede enmendar sus opiniones, o refutar a quienes le refutan.

Voltaire hubiera estado encantado con semejante posibilidad de generar un espacio crítico múltiple semejante, que es lo que es el blog para mí. La botella que se va en la corriente ignorada llevando el mensaje, y puede regresar a mis manos.

Managua, febrero 2008.